¿Dónde está el límite?

Por Cristina Rosselló-

Cuando se lleva a cabo una crianza respetuosa, uno de los temas más recurrentes e intrigantes es como poner límites a nuestros hijos. Pero, en ocasiones, la respuesta no está en un libro o una guía de crianza, sino en aquello que ocurre dentro de nosotros mismos ante aquello que está sucediendo. De este modo, nuestro grado de sostenibilidad será el que indique dónde está el límite. Reconocer nuestros propios límites y ser sinceros con el resto de miembros de la familia, nos permitirá poder gestionar la vida en el hogar de forma que todos nos sintamos partícipes y valorados.

Somos una generación de familias con una antecesora muy distinta en filosofía de cómo se debe tratar y acompañar a los pequeños seres humanos que llegan a la vida, nos encontramos en tierra de nadie. Por supuesto que no hemos inventado nada y que en el siglo pasado existían familias con esta mirada, pioneras en la labor de traer al mundo seres respetados y valorados pero, en general, eran una minoría que tenían arraigada una filosofía de vida propicia para llevar a cabo esta gran labor. Sin embargo, cada vez está más extendida la crianza respetuosa, y nos encontramos en medio de una sociedad superficial, adúltera, con un ritmo vertiginoso donde se promueve más el contacto por las redes tecnológicas que el tomarse un café con una amiga. Y en medio de esta sociedad de cemento, individualizada, consumista y desenamorada de la vida natural, presentamos un antagonismo que, como menos, nos crea una dualidad sobre si aquello que hacemos estará bien o no. Los límites son el recurso que nos recuerda que no vivimos en un caos, que nos da la libertad necesaria para poder volar sin provocar una cadena de accidentes sociales que perturben la falsa armonía del medio. En algo sí estaremos de acuerdo por suerte, los límites tienen que estar presentes. Pero la incógnita más cotizada es ¿dónde está el límite?

Ahora todos estaríamos esperando el largo discurso de cómo sería la forma correcta de poner límites y normas a nuestros hijos e hijas, un recetario muy práctico y de gran ayuda que todos hemos consultado para gestionar esta crianza democrática. Pero la primera respuesta a esta pregunta, a mi parecer, debería estar “en uno mismo”. Me explicaré mejor… Si un niño decide merendar subido en posición buda en la mesa de centro del salón, no se trata tanto del límite que deberíamos poner a ese niño por aquella acción, sino del límite que existe en el adulto que acompaña y sostiene al niño en ese momento. Habrá mamás y papás que puedan sostener perfectamente esa acción e integrarla en el funcionamiento familiar y otros que no puedan (literalmente) permitir que aquello ocurra en su casa. Por tanto, en la mayoría de ocasiones el límite no está en lo que hace el niño o niña sino en lo que puede o no sostener el adulto. Hay algunas preguntas interesantes que nos podemos hacer ante una situación así: ¿el límite es necesario para el niño/a o es necesario para mí misma/o?, ¿le pongo un límite porque es necesario o porque así debe ser?, ¿realmente está haciendo daño, obstaculizando la dinámica del hogar o molestando al resto de miembros de la familia? Seguramente, si somos sinceros, tras estas preguntas el límite sería dudoso y caería por su propio peso (o más bien por el peso de los demás). Aun así, seguiríamos encontrando el impedimento que vive dentro del adulto, pues es muy difícil reeducarnos a nosotros mismos, tirar pilares de nuestra mente estructurada para poner cimientos nuevos que permitan esa libertad real que todos tanto anhelamos porque no la tuvimos. Con esto no quiero decir que no tenga que haber límites, ya hemos dicho antes que si en algo estaríamos de acuerdo es que los límites tienen que existir para que pueda darse la libertad. Hay tres límites básicos de seguridad que todos compartimos: respetar a los demás, respetarse a uno mismo, respetar el ambiente. Pero la gestión y resolución de estas normas y límites es subjetiva y está regulada por nuestro baremo de sostenibilidad. Nuestra empatía y paciencia tienen mucho peso en este baremo de sostenibilidad, junto a nuestras vivencias, nuestro grado de presencia y nuestras propias necesidades insatisfechas.

Desde mis propios límites puedo compartir que no creo en la crianza basada en el libertinaje, donde el niño decide en todo momento lo que está bien o está mal, pues en una ocasión me dijeron una frase que se me quedó grabada: si tú no le enseñas los límites a tu hijo, se los enseñará la vida con menos amor. Los límites son parte de la vida social, no podemos gritar cuando los vecinos están durmiendo, ni podemos cruzar la calle si pasa un coche, son límites que uno debe aprender para vivir en comunidad. Pero no solo eso, sino que uno aprende a cuidar de sí mismo poco a poco, más tarde o más temprano según la autonomía que le ofrezcamos al niño o niña, pero las mamás y los papás estamos para hacerlo mientras aún no saben. Forma parte del amor que les regalamos, por eso no debemos tener miedo a poner límites necesarios siendo razonables y justos. No creo que sea sano que mi hija de dos años decida cuándo cambiarse el pañal pero, en cambio, sí entiendo que mi hija esté jugando y me pida esperar un tiempo acordado para cambiarlo. Cada uno tendrá su propio criterio, en cualquier caso, tenemos que intentar que el niño no se sienta desafiado constantemente, que tenga voz en aquello que ocurre y gestionar la situación intentando que nadie se sienta ignorado o desamparado.

Para el buen funcionamiento familiar, creo indispensable trabajar de forma consciente la lucha de poder entre padres/madres e hijos/hijas, ya que en esa posición difícilmente podremos llegar a un acuerdo o solución democrática. Todos somos diferentes y eso es enriquecedor, todos hemos vivido situaciones muy diversas que crean las gafas por las que miramos hoy, ninguno de nosotros es perfecto, por tanto, todos nos podemos equivocar. Y en base a todos estos hechos solo nos queda aceptar nuestro propio límite, trabajarlo si es necesario para el bienestar familiar y sobre todo ser sinceros, empezando por nosotros mismos. Con esto quiero decir que reconocer que algo te supera o que esta vez tu necesidad debe tener prioridad, no debe verse siempre como algo negativo, sino más bien como el respeto que te debes a ti misma y que quieres que tu hijo o hija lo tenga hacia él también. No olvidemos que somos su ejemplo. Te sorprenderá lo que les gusta a los niños y niñas la sinceridad y como la respetan.

Así que cuando te plantees cómo poner un límite a tus hijos e hijas recuerda en el proceso mirar en tu interior, reconocer aquello que se mueve en ti y descifrarlo para sentirte mejor y poder ser más justa y honesta con los demás. Y una última recomendación, es divertido sentarse a la mesa a merendar en posición buda, un picnic así no solo alimenta el cuerpo sino que hace sonreír al alma, ¡no os olvidéis del humor! Feliz crianza…

 

 

You May Also Like