¡Me pides que hable del DUELO!

Por Jordi Gil –
Me pides que hable del duelo. El duelo es dolor, aunque tiene otro significado si buscas en el diccionario: también es lucha. Batirse en duelo es luchar contra alguien con una intención de ganarlo o morir. El duelo tiene algo de esas dos cosas, por una parte es dolor y por la otra es lucha.

Cuando muere un ser querido una profunda desesperación se apodera de nosotros. Luchamos en
principio contra las circunstancias. No queremos ni creemos que eso haya ocurrido. A veces la rabia se
apodera y daríamos puñetazos a diestro y siniestro, sin sentido, para recuperar la imagen de aquel que se
fue. La lucha es titánica y entonces, muchas veces, adviene la frustración: el entender que por mucho que
luchemos, por mucho que hagamos juegos mentales para que el o ella vuelva, lo cierto es que ya no volverá. Caemos, acontece la gran caída, entramos en una tristeza profunda. Tan profunda que el dolor aparece por todo nuestro cuerpo. Caídos, agotados con la convicción de que hemos perdido una batalla que ya de antemano era absurda. Nos entregamos a nuestro dolor y a un no se que, más grande,
irracional e incomprensible. Los porqués entonces se ven difuminados. Las preguntas y ya no tienen respuestas. Solo, nosotros y la incomprensión de las leyes del universo. En este punto los creyentes se enfadan con Dios, y los que no creen, con la incertidumbre que por ser algo abstracto es más difícil el enfado. El duelo es un proceso y como proceso tiene un lugar de partida y uno de llegada. Se inicia
con el fallecimiento de aquella persona tan amada. Y finaliza con la aceptación de que ya no está entre nosotros, y que físicamente no lo volveremos, o la volveremos a ver. Su cuerpo desaparece, no así su memoria ni las sensaciones que sentimos al evocar una frase, una sonrisa o una acaricia, incluso.
En este viaje que es el proceso de duelo, los dolientes también morimos un poco. Nos alejamos de las risas, de los chistes, de las preocupaciones que ocupan al mundo. No nos importaría ni dejar de pagar una factura, ni perder un trabajo, ni tan siquiera somos capaces de ver una puesta de sol o la suavidad de la
lluvia en la cara. Todo nos recuerda a ellos. Es como si hubiéramos decidido darles las mano un poco, en
este viaje de no se adonde. Y aparecemos durante algún tiempo como muertos en vida. Linderman, que es uno de los primeros estudiosos del duelo, dice que una de las extrañas características del duelo que el ha observado es que muchos dolientes tienen enfermedades parecidas a aquellas
que sufrió el fallecido. El dolor que nos acompañó en el viaje finaliza, todo acaba, nada es perenne como
dice la filosofía budista. El dolor cada vez es menos intenso y la tristeza profunda da paso a una tristeza más leve y también a algunos momentos donde nos sorprendemos con una sonrisa. La lucha contra
nosotros mismos o contra “el mundo” como sostienen algunos, da lugar a un espacio de paz, de comprensión. No somos ya los mismos, en esto coinciden muchos que pasaron por el “proceso”. Nuestros valores cambiaron, nuestras conductas. Algunos cambiaron sus trabajos, otros si perdieron hijos, no pudieron mantener su matrimonio, en cambio y también sucede que a aquellos mismos que siempre
tuvieron dificultades en su pareja, el “viaje” los devuelve con unas fuerzas y convicciones renovadas. Aunque el viaje no siempre tiene un final. Algunos “Ulises” se quedan por el camino, más cerca de la persona que falleció y deciden no avanzar. A estos los podemos distinguir por la tristeza que siempre aparece en sus ojos detrás de su mirada. Otras donde las circunstancias fueron difíciles tales como
el asesinato de un hijo, o del marido, por ejemplo; la ira se apodera de ellos y blandiendo
el bastión de la justicia campan por la vida en una lucha sin sentido. Algún niño que perdió a su madre en una edad demasiado temprana, quedará congelado de por vida, como en un estado de shock permanente y buscará toda la vida a aquella que hace muchos años se fue. Así mantendrá relaciones de afectos
dependientes con sus parejas, o depositará en algún hijo o hija la esperanza del amor que de niña perdió. A estos duelos los expertos les llaman duelos congelados o complicados y las consecuencias son desastrosas para todos, incluso generaciones posteriores resuenan con los hechos que ocurrieron hace tanto tiempo. Aquí no hay culpables, no hay deberías haber trabajado tu duelo porque eso afectó a la
familia. No, no hay nada de todo eso. Uno siempre hace lo que puede, las circunstancias
son a veces tan desgarradoras que uno no pudo y eso tiene sus consecuencias. Y entonces ¿qué
hacer? Cuando mi madre o mi padre perdió a su padre y quedaron congelados vagando
por la vida. O cuando murió un hermano mío antes de que yo naciera y la tristeza de mi
madre fue tan arrolladora que no tuvo ni aún tiene mirada para mí. Entonces debemos subir
la montaña, solos, como adultos y ver como fue y lo que fue, y respetar profundamente el
que no hayan podido atravesar semejante viaje y respetar también las consecuencias que tuvo
para nosotros semejante decisión. Y crecer como adultos y dejarlo con ellos. Dejar con ellos su dolor, no como niños intentar aliviarlo. En la confianza de que el dolor pertenece a los dolientes y también es la medicina que los cura.

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